El Juego (en rojo)

Querida Scarlett:

La última vez que nos vimos, me pediste expresamente que no te escribiese hasta recibir carta tuya, pero han pasado dos años y están por terminárseme las horas. Antes de continuar, aclaro que no desperdiciaré estas palabras en recriminaciones de ninguna clase. Por lo menos, te concedo el haber sido brutalmente honesta sobre nuestros roles mutuos desde la primera vez que te acercaste a mi. Si no hubiera sido por la humedad de tus labios en mi oreja, me habría tomado un par de vidas darme cuenta que era a mi a quien conjurabas aquella noche en el bar Escocia. Andabas como una aparición, tan increíble en belleza y presencia como un trasatlántico en un charco. El tono atardecer de tu cabello enviaba chispas por la pista de baile y forzaba cada mirada hacia tu sonrisa bien delineada por el labial. La sola noción de que alguien como Scarlett, es decir, como tu, quisiera algo conmigo me resultaba un acertijo, y aún lo sería si no hubiese caído ya de lleno en el centro de la maraña. “Hoy se me antoja jugar contigo,” me soplaste al oído aquella madrugada y tu lengua serpenteó hasta que mi cabeza se doblegara en un asentimiento algo torpe. Nuestros destinos quedaron sellados en ese instante.

Los meses siguientes fueron una aventurilla que experimenté con el placer que regalan las hormonas de los veintidós. Te marcaba del teléfono celular al salir de la universidad y tu me dabas luz verde o amarilla. Verde: tu marido se había ido al trabajo y yo casi corría hacia tu casa. Amarilla: se le había hecho tarde y yo debía demorar el paso. ¿Para qué te cuento esto, si tu lo sabes tan bien como yo? Quizá la nostalgia. Las ganas de recordar. Así como ahora me viene aquella tarde en la azotea de tu casa. Subimos una botella de tinto y la manta acolchonada. Jugabas a atarme las manos con tu sostén. Yo me entretenía lamiendo tus pezones. Entonces me tumbaste bocarriba y me mordiste el torso descubierto. La piel me ardía donde tus dientes se posaban. Comenzó a chispear y te miré. Goteaba rojo entre tus labios. Las marcas sobre mi vientre me sorprendieron por su colorido. Rojo. Botones de rosa florecían alrededor de mi ombligo. Sonreíste y pasaste tu mano por mi piel arrastrando el color entre tus dedos. Era sólo el labial mezclado con el tinto y la lluvia. “¿Por qué no lo dejas y nos vamos a vivir juntas?” te pregunté. Tu carcajada ahuyentó a las palomas que se guarecían en el balcón. “Tendrías que matarlo para que nos dejara en paz,” me dijiste. Tus dedos me bajaban el cierre, luego tus manos el pantalón. Pero esto quizá también tu lo recuerdas. Otra vez vuelvo a la nostalgia. El punto es que yo te dije, justo cuando me venía en tu boca y tu lengua me follaba hacia un segundo orgasmo, yo te dije “Dime lo que quieres que haga.” Me pediste que me corriera, esta vez alrededor de tus dedos. Entre jadeos, balbuceé, “Con tu marido, ¿que quieres que haga para que te vengas conmigo?” Tu plan era sencillo. Una pistola, un callejón, la cartera, el reloj para que pareciera asalto, luego la libertad. “Escríbelo,” me dijiste. Y yo, obediente, escribí lo que tu me dictaste.

Todo lo anterior lo conoces de sobra. Si no me diera por recordar las primeras frases, por desmenuzar la tarde en la azotea, por lamer el goteo de tu cuerpo llamando al mío… Si no me diera, hubiera empezado esta carta por aquí. Esta es la parte que aún no conoces de la historia. Una noche me advertiste: luz amarilla. Tu marido aún no salía para el aeropuerto. Me atrapó la curiosidad. Eso, la curiosidad del gato, y la noción de que yo no podía matar a un desconocido. Tenía que verle al menos el rostro una vez antes de tirar del gatillo. En lugar de demorar, como indicaba la señal amarilla, apreté el paso hacia tu casa. Él auto verde mayate aceleraba hacia la curva que desembocaría en la autopista. Sin más aviso o preámbulo, tanto para tu marido como para mi, salté en frente del auto. Creo que era lo único que se me ocurrió hacer en ese instante para poder verle el rostro antes de que tomara más velocidad. Fue una bobada, lo sé. Pero una bobada que mis veintidós años consideraban poéticamente necesaria para dar el otro paso o, más precisamente, el balazo. Me di cuenta de mi error cuando le vi de lleno el rostro, un rostro que se acercaba a casi cien kilómetros por hora, un rostro que se contrajo en un grito y de pronto giró hacia la izquierda. Tu marido dio un volantazo a último momento para ahorrarme el impacto de los casi cien kilómetros por hora. En cambio, los estampó en el poste de luz, dejando la calle en penumbra. Me acerqué por el lado el conductor, donde tu marido estaba inconsciente y doblado sobre el volante, con un pedazo de cristal clavado en el ojo derecho y un chorro de sangre que le partía el rostro en dos.

No sé si entiendas, o si te importe. A mi me importa explicar y por eso escribo esta última carta aunque me pediste que no te escribiera. No fue falta de amor o deseo por ti lo que me impidió matar a tu marido. Fue un simple acto de quid pro quo. Para él, yo era una extraña, un cuerpo que saltó delante de su parabrisas de entre las sombras. Pudo haber seguido de frente y salvarse. Pero viró, me ahorró el golpe a fuerza de tomarlo él. Era lo propio devolver el gesto noble. Aún a destiempo, más vale tarde, dicen. Tomé mi celular y llamé a una ambulancia. Después me fui para tu casa, como si nada. El teléfono timbró insistente mientras yo te decía que no podía matar a tu marido. No me preguntaste por qué. Yo no te dije por qué. Ahora te digo, pero entonces no, entonces tu rostro se cerraba, se cerró. De pronto volviste a ser la Scarlett inalcanzable, la que se paseaba por el Escocia a dos metros por encima de los demás. “Esperaba más de ti,” me dijiste. “Que lástima, me gustaba el juego. Ya sabes dónde está la puerta. Ahora tengo cosas que atender.” Avanzaste hacia el teléfono. Yo imaginaba que llamarían del hospital. Tomé mi mochila y salí corriendo.

Dos días después, me marcaste para pedirme una cita. O para ordenarme, porque tú rara vez pedías. Me contaste que tu marido estaba en el hospital. Que te disculpara por la reacción del otro día. “He recapacitado,” decías, “y me arrepiento de haberle deseado mal. Ahora lo encuentro indefenso en la sala de recuperación y doy gracias de que siga vivo. No puedo volver a verte, ¿entiendes? Quizá dentro de algunos años. No me busques, no me escribas. Cuando esto haya pasado, te escribiré.” Me diste un beso largo en los labios, te apartaste lento, me miraste a los ojos y pusiste un dedo sobre mi boca. Me tomó tan sólo una noche entender el significado de tu sonrisa al alejarte. Al siguiente día, el diario tenía mi fotografía y el contenido me inculpaba por la muerte de un hombre indefenso, un hombre que convalecía en el hospital después de una accidente automovilístico. Sobre su cadáver, la presunta asesina había dejado una nota. Era mi letra, eran las palabras que me habías dictado aquella tarde en la azotea: “Querida Scarlett, mataré a tu marido para que a cambio del sacrificio, tu puedas llegar a ser tan mía como yo soy tuya. Siempre, Sofía.”

Que irónico. Apuñalada por mi puño y letra. Jaque-mate. Me imagino que fué sencillo, ¿no? El tío tuerto seguro hasta estaba comatoso cuando le metiste aire en las venas. ¿O simplemente desconectaste el respirador? No me detuve a leer la noticia completa. Me amarré la bufanda de manera que me cubriera la mitad del rostro, me puse la capucha de la chaqueta y me alejé hacia el metro. Pensé que podría seguir indefinidamente con el rostro bajo un trapo, escondida hasta que los diarios pasaran a la hemeroteca y los gestos se me transfigurara en una mueca irreconocible. Pensé que el tiempo diluiría la amenaza que me representaba cada sombra, cada silbido, cada torreta, cada mano, cada voz, cada noche, cada día, cada hora. Pero fracasé, nunca fui buena para las salidas. Mi especialidad era saltar presta a encontrarme de frente con los objetos que se movían demasiado aprisa. Cómo tu lengua, como tus dedos, como el auto de tu marido y ahora esta pluma. Ya te habrás enterado que me entregué, que me declaré culpable después de dos años de tomar agua de los charcos y roer las sobras de los perros. Hay vidas que no son vida. La mía se quedó a embriagarse aquella tarde en la azotea, con el vientre bajo la lluvia y las rosas floreciéndole alrededor del ombligo. Mañana me sentaré en una silla oxidada por las exangües vidas de otros que se apagaron antes de mi, me sentaré dispuesta a que me sacuda un espasmo de electricidad o los relámpagos de la tormenta, me quedaré quieta o convulsa hasta que se queme el último retazo de rojo que aún sobreviva en mi memoria. Sólo me resta decir: buena jugada la tuya. Espero que esta carta te encuentre bien.

Siempre,
Sofía

Rita Ackermann

imagen por Rita Ackermann

Julio 5, 2007. Soñé que era otra.

4 comentarios

  1. Sabina respondidos:

    Vaya.
    Me atrapó este relato, realmente uno se siente ahi, como si fuese una misma viviendo a través de otro.

    Besos!

  2. Asesina_Serial respondidos:

    Hey. Demonios, me entristeció la forma en como está redactada pero es muy significativo porque quiere decir que eres muyn buena para escribir. No te había conocido tan buen post. Me deja sin palabras pero también´más (más más) enganchada a tu blog, el cual me da mucho gusto hayas retomado

  3. pez respondidos:

    Exquisito, me encantó.
    Esta es la clase de relatos que le provocan a uno ganas de seguir leyendo. Eres deliciosa, de verdad.

  4. Angie respondidos:

    Hola! de blog en blog, he llegado al tuyo esta mañana. Apenas he tenido tiempo de leerte pero, sin duda, después de leer este relato, seguiré leyendo cosas tuyas. De verás me ha encantado.

    Un saludo.

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