De Indias y Vaqueras
Susan, perdida en su arrebato, penetra a Áida como si la morena fuera un pedazo de carne cruda. Áida cabalga los tres dedos de Susan, acercándose al clímax, su cuerpo se convulsiona y se abraza a los hombros de la vaquera. Áida suspira y se dispone a relajarse, pero la rubia no le da tregua.
- ¡Ponte en cuatro! – ordena Susan.
Áida obedece, por su entrepierna el hilillo sedoso de su orgasmo resbala hacia su rodilla. Susan le separa las nalgas con las manos y Áida escucha el crujido característico de los paquetes de condones. El dildo de Susan tiene 2 pulgadas de ancho y Áida se sonroja con anticipación y miedo al sentir la punta contra su vagina. Cierra los ojos esperando la embestida brutal, pero Susan sólo presiona la punta suavemente, sin entrar. La morena gime y levanta aún más el trasero, suplicante.
- ¿Lo quieres, perrita? – pregunta Susan.
- Dámelo todo… por favor…
Susan toma a Áida por el cabello y le jala el rostro hacia atrás, obligándola a arquear la espalda y exponer el cuello a su mordida. Áida grita. No está segura si es por los dientes de Susan o por el inmenso falo que la abre hacia el éxtasis. Susan le arranca el taparrabos y lo usa para latiguearle la espalda. Líneas moradas surcan la espalda de Áida y Susan se inclina para lamerlas. Sus senos descansan con pezones erguidos sobre la piel sudada de Áida. Su monte de Venus, presionado firmemente por el dildo que arremete las nalgas de Áida la lleva a un orgasmo inesperado. Deja escapar un gemido y encaja las uñas en el vientre de Áida, llevándola también a una explosión de placer.
Las dos mujeres se mantienen abrazadas a la luz de la fogata, formando una luna creciente en blanco y rojo. La noche avanza lenta pero tenaz, como un animal en caravana. Áida saluda el día con Susan todavía firme en su interior.
