Proyecto Blogger
La estafeta ha recorrido estos caminos:
Virginia: http://lesstapatia.blogspot.com/
Tutti Music: http://roxymusic-soledadesporadica.blogspot.com/
Bugman: http://buguert.blogspot.com/
Chumina: http://chumina.blogspot.com/
Freaka: http://freaka84.blogspot.com/
Amorexia: http://amorexia.ticoblogger.com/
Soliloquio Exótico: http://soliloquioexotico.blogspot.com/
Lencha: http://memoirsofalencha.blogspot.com/
Mi participación en la carrera de relevos comienza aquí:
– Antonio – suspiró Camila antes de desplomarse entre las sombras de Mariana y Mauro, sombras proyectadas por la luz que entraba a través de la puerta abierta.
Los faros de un automóvil los miraban fijamente desde la calle, delineando una figura a contraluz que avanzaba hacia la pareja semidesnuda.
– Ustedes no pierden el tiempo – dijo la voz con un dejo de cinismo. – Pensé que despertaría acompañada, pero ahora veo que soy la perra de las dos tortas.
– ¿Adriana? – preguntó Mariana avanzando hacia la sombra.
– Vaya, ¿qué no sería obvio que soy yo? – Adriana dio unos pasos hacia la luz.
Mariana se detuvo en seco cuando la iluminación hizo evidente que Adriana aún sostenía la pistola apuntando hacia el frente.
– ¿No me esperaban? Quizá me doy demasiada importancia. Seguro citaron a otra tonta para meterla en sus juegos. Con una muerta – Adriana señaló el cuerpo inerte de Camila con la pistola, – y la comatosa – dirigió la pistola hacia su propio pecho – debe ser difícil entretenerse. Ustedes necesitan variedad.
Mariana aprovechó la tregua del cañón para salvar los pocos pasos que la separaban de la mujer que hasta hace unos momentos creía perdida.
– ¡Adriana! – gritó Mariana al unísono con un balazo que resonó por las paredes.
Las dos mujeres unieron sus labios con la pasión de los que han sobrevivido a una tragedia, con el revolver entre sus cuerpos apuntando hacia la pared. El disparo había sido sólo un reflejo errado, al igual que la afortunada bala que se había clavado en el muro sin herir a nadie. Mauro las miró sumido en un trance de ecos e incertidumbres.
Ahora toca a La Ninfa Vouyerista amarrar este lío en: http://laninfavouyerista.blogspot.com/
Puedes leer el texto recopilado en sus 9 entregas a continuación: (más…)
El Juego (en rojo)
Querida Scarlett:
La última vez que nos vimos, me pediste expresamente que no te escribiese hasta recibir carta tuya, pero han pasado dos años y están por terminárseme las horas. Antes de continuar, aclaro que no desperdiciaré estas palabras en recriminaciones de ninguna clase. Por lo menos, te concedo el haber sido brutalmente honesta sobre nuestros roles mutuos desde la primera vez que te acercaste a mi. Si no hubiera sido por la humedad de tus labios en mi oreja, me habría tomado un par de vidas darme cuenta que era a mi a quien conjurabas aquella noche en el bar Escocia. Andabas como una aparición, tan increíble en belleza y presencia como un trasatlántico en un charco. El tono atardecer de tu cabello enviaba chispas por la pista de baile y forzaba cada mirada hacia tu sonrisa bien delineada por el labial. La sola noción de que alguien como Scarlett, es decir, como tu, quisiera algo conmigo me resultaba un acertijo, y aún lo sería si no hubiese caído ya de lleno en el centro de la maraña. “Hoy se me antoja jugar contigo,” me soplaste al oído aquella madrugada y tu lengua serpenteó hasta que mi cabeza se doblegara en un asentimiento algo torpe. Nuestros destinos quedaron sellados en ese instante.
Los meses siguientes fueron una aventurilla que experimenté con el placer que regalan las hormonas de los veintidós. Te marcaba del teléfono celular al salir de la universidad y tu me dabas luz verde o amarilla. Verde: tu marido se había ido al trabajo y yo casi corría hacia tu casa. Amarilla: se le había hecho tarde y yo debía demorar el paso. ¿Para qué te cuento esto, si tu lo sabes tan bien como yo? Quizá la nostalgia. Las ganas de recordar. Así como ahora me viene aquella tarde en la azotea de tu casa. Subimos una botella de tinto y la manta acolchonada. Jugabas a atarme las manos con tu sostén. Yo me entretenía lamiendo tus pezones. Entonces me tumbaste bocarriba y me mordiste el torso descubierto. La piel me ardía donde tus dientes se posaban. Comenzó a chispear y te miré. Goteaba rojo entre tus labios. Las marcas sobre mi vientre me sorprendieron por su colorido. Rojo. Botones de rosa florecían alrededor de mi ombligo. Sonreíste y pasaste tu mano por mi piel arrastrando el color entre tus dedos. Era sólo el labial mezclado con el tinto y la lluvia. “¿Por qué no lo dejas y nos vamos a vivir juntas?” te pregunté. Tu carcajada ahuyentó a las palomas que se guarecían en el balcón. “Tendrías que matarlo para que nos dejara en paz,” me dijiste. Tus dedos me bajaban el cierre, luego tus manos el pantalón. Pero esto quizá también tu lo recuerdas. Otra vez vuelvo a la nostalgia. El punto es que yo te dije, justo cuando me venía en tu boca y tu lengua me follaba hacia un segundo orgasmo, yo te dije “Dime lo que quieres que haga.” Me pediste que me corriera, esta vez alrededor de tus dedos. Entre jadeos, balbuceé, “Con tu marido, ¿que quieres que haga para que te vengas conmigo?” Tu plan era sencillo. Una pistola, un callejón, la cartera, el reloj para que pareciera asalto, luego la libertad. “Escríbelo,” me dijiste. Y yo, obediente, escribí lo que tu me dictaste.
Todo lo anterior lo conoces de sobra. Si no me diera por recordar las primeras frases, por desmenuzar la tarde en la azotea, por lamer el goteo de tu cuerpo llamando al mío… Si no me diera, hubiera empezado esta carta por aquí. Esta es la parte que aún no conoces de la historia. Una noche me advertiste: luz amarilla. Tu marido aún no salía para el aeropuerto. Me atrapó la curiosidad. Eso, la curiosidad del gato, y la noción de que yo no podía matar a un desconocido. Tenía que verle al menos el rostro una vez antes de tirar del gatillo. En lugar de demorar, como indicaba la señal amarilla, apreté el paso hacia tu casa. Él auto verde mayate aceleraba hacia la curva que desembocaría en la autopista. Sin más aviso o preámbulo, tanto para tu marido como para mi, salté en frente del auto. Creo que era lo único que se me ocurrió hacer en ese instante para poder verle el rostro antes de que tomara más velocidad. Fue una bobada, lo sé. Pero una bobada que mis veintidós años consideraban poéticamente necesaria para dar el otro paso o, más precisamente, el balazo. Me di cuenta de mi error cuando le vi de lleno el rostro, un rostro que se acercaba a casi cien kilómetros por hora, un rostro que se contrajo en un grito y de pronto giró hacia la izquierda. Tu marido dio un volantazo a último momento para ahorrarme el impacto de los casi cien kilómetros por hora. En cambio, los estampó en el poste de luz, dejando la calle en penumbra. Me acerqué por el lado el conductor, donde tu marido estaba inconsciente y doblado sobre el volante, con un pedazo de cristal clavado en el ojo derecho y un chorro de sangre que le partía el rostro en dos.
No sé si entiendas, o si te importe. A mi me importa explicar y por eso escribo esta última carta aunque me pediste que no te escribiera. No fue falta de amor o deseo por ti lo que me impidió matar a tu marido. Fue un simple acto de quid pro quo. Para él, yo era una extraña, un cuerpo que saltó delante de su parabrisas de entre las sombras. Pudo haber seguido de frente y salvarse. Pero viró, me ahorró el golpe a fuerza de tomarlo él. Era lo propio devolver el gesto noble. Aún a destiempo, más vale tarde, dicen. Tomé mi celular y llamé a una ambulancia. Después me fui para tu casa, como si nada. El teléfono timbró insistente mientras yo te decía que no podía matar a tu marido. No me preguntaste por qué. Yo no te dije por qué. Ahora te digo, pero entonces no, entonces tu rostro se cerraba, se cerró. De pronto volviste a ser la Scarlett inalcanzable, la que se paseaba por el Escocia a dos metros por encima de los demás. “Esperaba más de ti,” me dijiste. “Que lástima, me gustaba el juego. Ya sabes dónde está la puerta. Ahora tengo cosas que atender.” Avanzaste hacia el teléfono. Yo imaginaba que llamarían del hospital. Tomé mi mochila y salí corriendo.
Dos días después, me marcaste para pedirme una cita. O para ordenarme, porque tú rara vez pedías. Me contaste que tu marido estaba en el hospital. Que te disculpara por la reacción del otro día. “He recapacitado,” decías, “y me arrepiento de haberle deseado mal. Ahora lo encuentro indefenso en la sala de recuperación y doy gracias de que siga vivo. No puedo volver a verte, ¿entiendes? Quizá dentro de algunos años. No me busques, no me escribas. Cuando esto haya pasado, te escribiré.” Me diste un beso largo en los labios, te apartaste lento, me miraste a los ojos y pusiste un dedo sobre mi boca. Me tomó tan sólo una noche entender el significado de tu sonrisa al alejarte. Al siguiente día, el diario tenía mi fotografía y el contenido me inculpaba por la muerte de un hombre indefenso, un hombre que convalecía en el hospital después de una accidente automovilístico. Sobre su cadáver, la presunta asesina había dejado una nota. Era mi letra, eran las palabras que me habías dictado aquella tarde en la azotea: “Querida Scarlett, mataré a tu marido para que a cambio del sacrificio, tu puedas llegar a ser tan mía como yo soy tuya. Siempre, Sofía.”
Que irónico. Apuñalada por mi puño y letra. Jaque-mate. Me imagino que fué sencillo, ¿no? El tío tuerto seguro hasta estaba comatoso cuando le metiste aire en las venas. ¿O simplemente desconectaste el respirador? No me detuve a leer la noticia completa. Me amarré la bufanda de manera que me cubriera la mitad del rostro, me puse la capucha de la chaqueta y me alejé hacia el metro. Pensé que podría seguir indefinidamente con el rostro bajo un trapo, escondida hasta que los diarios pasaran a la hemeroteca y los gestos se me transfigurara en una mueca irreconocible. Pensé que el tiempo diluiría la amenaza que me representaba cada sombra, cada silbido, cada torreta, cada mano, cada voz, cada noche, cada día, cada hora. Pero fracasé, nunca fui buena para las salidas. Mi especialidad era saltar presta a encontrarme de frente con los objetos que se movían demasiado aprisa. Cómo tu lengua, como tus dedos, como el auto de tu marido y ahora esta pluma. Ya te habrás enterado que me entregué, que me declaré culpable después de dos años de tomar agua de los charcos y roer las sobras de los perros. Hay vidas que no son vida. La mía se quedó a embriagarse aquella tarde en la azotea, con el vientre bajo la lluvia y las rosas floreciéndole alrededor del ombligo. Mañana me sentaré en una silla oxidada por las exangües vidas de otros que se apagaron antes de mi, me sentaré dispuesta a que me sacuda un espasmo de electricidad o los relámpagos de la tormenta, me quedaré quieta o convulsa hasta que se queme el último retazo de rojo que aún sobreviva en mi memoria. Sólo me resta decir: buena jugada la tuya. Espero que esta carta te encuentre bien.
Siempre,
Sofía
imagen por Rita Ackermann
Sobrevivientes
Me tomó cinco meses volver a este espacio, después de que mi base de datos se colapsara por un ataque de spam. He actualizado el sistema e instalado los plugins para control de comentarios. Con suerte, mañana no tendré que “moderar” más de 372 entradas con ligas a sitios porno, promociones de pastillas para asegurar la erección, agrandamiento del pene, en fín, cosas útiles para algunos hombres, pero por demás irrelevantes para esta Blogsiana. Prefiero la realidad del tacto, el gusto y los olores a la asepsia visual y auditiva de la pantalla. Y en cuanto a erecciones, digamos que simplemente no figuran entre mis problemas.
Spadina Expressway
Nos encontramos en el andén south de la estación Eglinton West. Elegimos horas pico, así las probabilidades de subir en un vagón atiborrado aumentan exponencialmente. Abordamos casi como extrañas, apenas cruzamos la mirada brevemente para cerciorarnos de la proximidad de nuestros cuerpos no sea interrumpida por un tercero. Con el andar del tren, empieza el cachondeo. Nuestras pelvis se unen, se mecen al ritmo que marcan los rieles. Los otros tripulantes, absortos en sus periódicos o libros de texto, enviando mensajes por el teléfono celular o jugando algún juego bobo si es que han perdido la señal, parecen no notar nuestro forcejeo sexual. Leanne respira agitada y muy cerca de mi oido. Puedo escuchar sus gemidos mezclados con el rechinar de los frenos. Bajamos en la estación Bloor-Yonge, donde salimos a la superficie y caminamos con los rostros enrojecidos por la excitación, tratando de ahogar las risillas que amenazan salirse del abrazo de las bufandas. Nos acercamos al edificio de Leanne, en el que nos internaremos para seguir con lo que hemos empezado en el Subway.
Photos by Craig James White
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A letter I slip under your closed door.
Sometimes I’m tempted to ask if you remember me. “Remember what?”, you must think. Is there anything for you to remember? No. Not yet. But on this side of the bridge, time is funny. I saw objects running around, along with people and places. It all moved so fast that I began to run myself just so I could catch up. Then something strange happened: when I stood still, I could hear the flood before it even smelled of coming rain.
When I met you, I recognized you from instant one. I could feel the fire burning before we even caught flame. That’s why I fled the scene. Falling into you scared me as much as I feared never finding you again. It turns out I didn’t run fast enough. Or maybe I got mixed up and instead of away, I headed straight to you. I found myself at your doorstep, but you had shut yourself away from me. I still stand at your door. My knuckles are numb from the knocking. The memories keep coming back in the form of dreams. I dream of shelves heavy with the movies you date and file once you are done watching them. Discs heavy with images and sounds that technology allows to resonate with our long conversations and equally long but silent walks. I dream of holding your hands on a train and of your hands holding this paper. I dream the trees that walk by you each morning. I dream the moonlight tracing patterns on your body through rain-washed windows. I dream of old roads and huge rivers, dream of seas small and raging on your navel. I dream of maps and photos of our journeys through strange geographies. There is only one thing that never happens in my dreams. It puzzles me. It despairs me. Your door never opens. Will it ever? Maybe it shouldn’t. This way, we remain seeds, breaths, longing and shadows. One more story that’s doomed to be told because it never happened.
hiatus
WordNet – Cite This Source hiatus
n 1: an interruption in the intensity or amount of something [syn: suspension, respite, reprieve, abatement] 2: a missing piece (as a gap in a manuscript) 3: a natural opening or perforation through a bone or a membranous structure [syn: foramen]
WordNet ® 2.0, © 2003 Princeton University
El ruido de furias gobernatas
Ahora que soy oficialmente desempleada (si, he renunciado a mi frustrante trabajo de oficina), he tomado Diez Billones de Cuentos del blog de Ahasvero y he retorcido las frases en este relato (no es lo que Ahasvero pedía exactamente, pero que más da):
Enrique era mi único amigo en la escuela. Compartíamos, entre otras cosas, el mismo estigma de condenados: yo algo ruda y él claramente amanerado. En los pasillos nos gritaban “¡homosexuales!”, como si la sola palabra bastara para desatar el infierno sobre nosotros. Éramos tan ingenuos, que tuvimos que buscar la palabra en un diccionario. El conocimiento del significado, lejos de escandalizarnos, nos dio una extraña serenidad. Casi sonreía cuando escuchaba el término a mis espaldas. Nuestra escuela estaba afiliada a la Iglesia de Cristo. Papá me animaba con su guitarra, cantando estrofas de héroes que encontraron su vocación entre las torturas y peculiaridades del colegio católico: “Lanzad a inocentes y lánguidos poetas allí y forjaréis espíritus indomables”. Papá era trovador de noche y de día arreglaba el jardín de Enrique. Mamá aseaba la mansión y a cambio vivíamos en la choza de servicio a espaldas. Sus salarios de mozos ayudaban a pagar la parte de la colegiatura que la beca no cubría. Era caro estudiar en un colegio católico, pero ante los ojos de mis padres me aseguraba un futuro brillante y la entrada al círculo de Enrique. A mí su círculo me parecía triste. Su madre había muerto durante el parto y su padre, un miasmático señor, murió una década después. La única familia de Enrique era Sara, su hermana mayor. Y la madrastra, por supuesto.
Enrique y yo solíamos caminar juntos de regreso a casa y jugábamos bobadas en el jardín hasta que el invierno nos encerraba en la mansión. Una tarde en que la nieve caía ligera como talco sobre la ventana, la madrastra de Enrique regresó antes de tiempo y nos sorprendió dibujando en la pared con maestría. Era nuestra travesura secreta, separar el sofá del muro y trazar figuras desnudas sobre la superficie blanca. La madrastra, furiosa, le soltó a Enrique una bofetada, luego otra. Yo grité, Enrique gritó, la madrastra gritó y yo pensé, “Nos quedaremos sordos.” Entonces apareció Sara. La madrastra hizo una pausa y le explicó lo que estaba pasando. A Sara le brincó el párpado derecho, un tic que confirmaba su enojo extremo. Enrique estaba manchado de sangre. Sara lanzó una mirada fulminante a la madrastra y sin decir palabra, nos sacó de escena a Enrique y a mi tomándonos de la mano.
- Vé con tus papás, Ana. – me dijo suavemente al oído y a Enrique lo llevó al pozo para lavarlo.
El agua helada calmó la herida del labio y las lágrimas, se llevó consigo la sangre y entumeció los sentimientos. Yo, desobedeciendo, los espiaba detrás de un árbol. Estaba enamorada de Sara, con ese primer suspiro de una cabeza que apenas alcanza a entender el fuego que arde entre las piernas. También me ardía la garganta con las frases que no sabía pronunciar. Luego de un rato, los hermanos se retiraron de la nieve hacia la mansión. Sara dejó la luz de su recámara encendida y no durmió hasta que ya amanecía. Lo sé porque pasé la noche observando su ventana desde el jardín. Aquel día tuvo un sueño revelador. Lo sé porque Enrique me lo contó. Era de madrugada, Enrique aún dormía, pero Sara le dio una palmada y despertó sobresaltado al encontrarse con el rostro endurecido de su hermana.
A la hora del desayuno, la madrastra se sentó a la mesa como si nada. Mandó a mamá por mí para que me les uniera en son de paz. Tomamos nuestros asientos y la madrastra se dirigió hacia ellos con una encantadora sonrisa y besó a Sara en los labios. La sangre me calentó la cabeza a pesar del frío. Después la bruja tocó con un dedo la herida de Enrique y también lo besó en los labios, cosa que lo obligó a hacer una mueca de asco contenido. No estaba acostumbrado a las caricias, como Sara. A la madrastra no le gustaban los niños, eso lo sabíamos bien. Desde que enviudó, sólo le gustaban las niñas como Sara y algunas mujeres que a veces la visitaban para jugar canasta y pasar la noche entre copas. La madrastra sirvió el té y pasó las tazas.
- Lo sentimos, pero hay que obedecer, – decía la madrastra durante el desayuno como justificación a la paliza del día anterior.
Sara murmuró en respuesta, “Si todas las hormigas se ponen a cantar….”
- ¿Qué dices, Sara?- preguntó la madrastra.
- Que todas las reglas se deben acatar, – respondió.
La madrastra asintió visiblemente complacida y le acarició la pierna por debajo de la mesa. A mi casi se me tira el té sobre el mantel. Los hermanos terminaron el desayuno, yo no tenía hambre por culpa de los celos. Nos disculpamos y partimos hacia la escuela. Un vínculo se había formado entre nosotros para resistir la tiranía del mundo adulto. Esa noche, la madrastra se ausentó en una de sus cenas de sociedad. Sara aprovechó para tocar a mi ventana por primera vez. Entre susurros, me convenció de escabullirme y seguirla. El corazón me golpeaba las costillas marcando mis pasos acelerados hasta su recámara. Ahí me desnudó con habilidad y besó hasta el titubeo más mínimo que habitaba mi cuerpo. Cada gota de sudor sobre mi piel le juró pasión infinita. La luz de la luna se reflejó en nuestros cuerpos en un destello breve. Aquello le recordó el brillo de las estrellas y me abrazó contra su pecho. “Tienes el cuerpo cubierto de estrellas,” me dijo al oído y yo le creí. Así pasamos el invierno, llegó la primavera, luego el verano y las frutas maduras cayeron al suelo. Yo tenía los ojos llenos de Sara. Mi ropa interior estaba impregnada de Sara. Después de adentrarse profundamente en mi cuerpo, Sara controlaba mi voluntad con una precisión exquisita y perturbadora. Sus dedos manipulaban los hilos de mis hormonas, hilos que movían la marioneta de mi vida al compás de sus deseos. A Enrique no le molestaba nuestro amorío. “Mejor tú que la madrastra,” decía. Yo era parte instrumental en el plan de los hermanos: amiga de uno y amante de la otra. Tenían mi lealtad asegurada.
Se acercaban mis quince años y papá había ofrecido darme un regalo especial. Sin titubear, le pedí un bote. Algo pequeño bastaría, para tres o cuatro personas. Estaba bien si era de remos. Modesto, pero seguro. Papá se mostró aliviado de que no le pidiese la tradicional fiesta con baile y chambelanes. Era hábil con la madera: cortó, pegó, lijó y pintó una linda lancha para mi. Festejamos mi cumpleaños con el primer paseo. El bote se deslizaba ligero por el lago. Papá lo amarró a un sauce llorón que lo ocultaba parcialmente sin sacarlo del agua.
- Aquí no lo robarán y podrás usarlo cuando quieras, – me aseguró.
Esa noche, las amigas de la madrastra fueron a la mansión a jugar canasta. Enrique y yo disolvimos somníferos en las jarras de ponche que les servíamos. Las mujeres tardaron un par de horas en retirarse tambaleantes a los dormitorios y se desplomaron en la cama. Mientras ellas permanecían paralizadas por los somníferos, entramos armados de cuerdas y mordaza. Con la destreza de las arañas, envolvimos a la madrastra en un capullo. La sacamos de la mansión en la carretilla que mi papá utilizaba en sus labores de jardinero. El viento soplaba sobre el lago. Entre los tres, logramos trepar al gusano de mecate que era la madrastra. Sara desató las amarras, subió al bote y remó durante horas. Parecía una máquina indestructible, con la determinación humedeciéndole la frente. Llegamos a la otra orilla, un lugar solitario que habíamos escogido para cavar el hoyo unos dias antes. La madrastra, ya despierta por el trayecto, se retorcía intentando liberarse. La bajamos a empujones y la rodamos hasta el borde del agujero. Sara tomó un tubo de metal especialmente embelesado para la ocasión. Lo había pulido con esmero y brillaba.
- Este amuleto es perfecto – exclamó sonriente al tiempo que elevaba la vara a la usanza de las sacerdotisas antes del sacrificio. – Quique, ¡quítale la mordaza! ¡Quiero que chille como la cerda que es!
Enrique obedeció y la madrastra separó los labios, aspiró una bocanada y soltó un alarido. Sara intentó meterle el tubo por la boca para silenciarla, pero era demasiado grueso.
- No le cabe la polla entre sus dientes de conejo, – se rió a carcajadas.
Yo la miraba entre fascinada y horrorizada, sin poderme mover. Entonces cayó el primer golpe, luego el segundo, y siguió la ronda. Enrique pateaba mientras Sara propinaba palos. Estaban como locos. El cuerpo de la madrastra estaba ya inerte, pero ellos continuaban sin parar. Cuando se cansaron, rodaron el cadáver hacia el agujero. Echamos la tierra encima son las manos. Sara hablaba como en un trance, repetía las palabras que escuchó en sueños: “Si todas la hormigas se ponen a cantar, no hay abrazo más fatal que el de la tierra.“
Nos lavamos en el lago e iniciamos el retorno. Esta vez, Enrique y yo alternamos en los remos. Sara miraba el cielo recostada sobre el bote. Respiró lento y en voz alta pensó, “Aquí se puede descansar.” La tomé de la mano y miré a Enrique. Nunca su sonrisa fue tan amplia. Llegamos a casa empapados y temblorosos. Mamá nos recibió con té caliente y toallas.
- ¿Y las señoras? – preguntó Sara.
- Ya se han marchado, – dijo mi madre.
Así transcurrió un día, el más largo del verano.

foto source: Every Day I Live
Musicalmente Encadenada
¿Eres hombre o mujer?:
Estereosexual (Mecano)
Descríbete:
Sunshine, Lollipops And Rainbows (Lesley Gore)
¿Qué sienten las personas cerca de ti?:
I Wish I Was A Lesbian (Loudon Wainwright)
¿Cómo te sientes?:
Running Up That Hill (Kate Bush)
¿Cómo describirías tu anterior relación sentimental?:
Strangers (Portishead)
Describe tu actual relación con tu novio/a o pretendiente:
Rough Sex (Lords of Acid)
¿Dónde quisieras estar ahora?:
Paris Train (Beth Orton)
¿Cómo eres respecto al amor?:
You Don’t Own Me (John Madara and David White con Lesley Gore o Rasputina)
¿Cómo es tu vida?:
Its the End of the World As We Know It (And I Feel Fine) (REM)
¿Qué pedirías si tuvieras sólo un deseo?:
To Be Young, Gifted And Black (Nina Simone)
Escribe una cita o frase famosa:
So Long & Thanks for All the Fish (Hitchickers Guide to the Galaxy)
Ahora despídete:
Taxi Ride (Tori Amos)




